17.3.08

Escape a Kinópolis

II. Tus ojos se abren

Fueron pasando los días, los meses. Ekaterina pasaba la mayor parte de los días hablando con Jiggy Flunkast, contándole sus problemas, sus inseguridades, sus deseos de poder salir de su casa, ver el mundo exterior. Jiggy le contaba que el mundo exterior era un lugar frio y vacío, que allá afuera no había más que guerra y muerte.

A Ekaterina le gustaba recordar los libros que había leido y las películas que había visto en el cine. Narraba las historias y actuaban juntos algunas partes, a veces cambiando el final, dramatizando los finales felices a unos más morbosos y surrealistas.

También le encantaba cantar, aunque no sabía hacerlo. Desafinaba con mucho entusiasmo sus discos favoritos, The Beatles, Frank Sinatra, y un nuevo guitarrista de color que se llamaba Jimi Hendrix.

Durante el día, cuando compartía el tiempo con su familia, se encontraba más animada, aunque sus padres estaban muy estresados por la guerra, ella lograba mantener una sonrisa o al menos permanecer de buen humor.

“Qué está pasando allá afuera, Jiggy?” Le preguntó ella una noche, tendida en su cama “¿Por qué no pueden ser algunos países capitalistas y otros socialistas? ¿Tanto se odian que no aceptan ideologías diferentes?”
“Es complicado, querida” Respondió Jiggy bajando la cabeza, “No sabría por dónde empezar”
“Todos quieren conquistar el mundo,” Dijo ella, “Nadie se conforma con lo que tiene, todos quieren más… ¿Qué harán cuando por fin uno de los dos conquiste el mundo? ¿Cuál será su nueva meta? Me asusta pens—“ Su padre entró a su habitación, interrumpiéndola.

“Te escuché hablar, ¿Pasa algo?” Preguntó él
“No estaba hablando papá, te equivocas, debes haberte confundido con la radio.”
“Hija, podía escuchar tu voz, y estoy seguro que era tu voz, no me mientas.”
“¡Está bien, está bien, papá! Estaba actuando una escena de La Importancia de ser Ernesto… Sí, pero los hombres, a menudo, proponen matrimonio para practicar… Mi hermano Gerald lo hace, me lo dijeron mis amigas… ¡Qué maravillosos ojos azules tienes, Ernesto! Son tan, tan azules. Espero que siempre me mires así, en especial cuando haya otras personas presentes…” Ekaterina sonreía mientras miraba la cara de desconcierto de su padre
“¿Sabes lo que hacen con los actores? ¡Todos ellos son considerados subversivos!”
“Papá… ¿quién va a oirme?”
“No lo sé, pero prefiero no arriesgarme… además te escuché hablando, más allá de tu actuación, estabas hablando sola. Sé que te sientes sola, sin poder salir de casa y sin ver a tus amigas, pero tienes 14 años, estás un poco grandecita para tener amigos imaginarios.”
“¡No tengo amigos imaginarios! ¡Te equivocas!” Ekaterina se enfureció
“Nada de berrinches, nena, de ahora en adelante se acabaron las canciones y la actuación, trabajo muy duro para proteger a esta familia para que nos condenes a todos con tus caprichos.” Contestó con firmeza, y salió de la habitación.

Ekaterina se quedó tendida en la cama, con la cara enterrada en su almohada, respiraba agitadamente y sollozaba.
“¡Qué aguafiestas tienes por padre!” dijo Jiggy “No sabe que los subversivos son la crema y nata de esta sociedad. La sumisión está sobrevalorada.”
Ella no respondió, se quedó tendida en silencio.
“De todas maneras ya habíamos cantado todas las canciones, no te preocupes, ahora cantaremos más bajito para que no escuche”
No hubo respuesta.
“Ah ¿Ahora tu también crees que soy imaginario? ¿Solo un producto de tu mente? ¿O no me hablas por miedo a tu padre? ¿Me vas a dejar hablando solo, Kattie?”
Ella suspiró, pero no respondió.
“Si no me contestas, voy a tener que hacer algo al respecto…”
Slencio.

“Que así sea.” Jiggy tomó a Ekaterina del brazo y la puso de pié de un tirón, ella se resistió, sin hacer ningún ruido, pero Jiggy era más fuerte, la tironeó hasta enfrentarla con la pared. Sacó de su bolsillo una bolsa café y metió su mano adentro, sacó lo que parecía arena de adentro de la bolsa y la lanzó contra la pared, la cual se desmoronó. Pero del otro lado no estaba el comedor, como debería ser, sino que había una extensión de tierra, el suelo estaba cubierto de césped que parecía recién cortado, a lo lejos se divisaban paisajes hermosos y, lo más importante, del otro lado de la pared era de día.

Cuando cruzaron al otro lado, Ekaterina volteó para ver de dónde venían. Acababan de salir de un árbol gigante, adentro de un agujero en su tronco ella podía ver su habitación, y podía verse a ella misma durmiendo en su cama.

“Ese es sólo un señuelo, Kattie, un cuerpo utilizado para que tus padres puedan verte y creer que estás tranquilamente durmiendo. Pero no podrás despertar mientras estés aquí, a menos que vuelvas a entrar por este mismo agujero.” Cuando Jiggy terminó de hablar, el agujero se cerró como si se tratara de una gran boca, solo quedó un pequeño hollito del que salió un pequeño cilindro de metal con inscripciones. Decía “Ekaterina – Flunkast”. Jiggy lo tomó y se lo entregó a ella, “No pierdas la llave, sino regresar va a ponerse complicado”, ella tomó la llave (distraídamente, sin desvíar su atención del extraño, pero hermoso lugar) y la guardó en un bolsillo de su pijama, llevaba una camiseta y pantalones anchos, blancos con estampados de colores, y unas pantuflas con conejitos, miró hacia el horizonte. A lo lejos había un castillo gigante, pero no parecía una fortaleza medieval, era de formas más bien sutiles y muchas curvas, como un palacio árabe. Ellos estaban en una gran barranca, desde donde se podía ver varias aldeas que parecían tan pequeñas a esa distancia. El paisaje era muy verde, lleno de árboles. En el cielo se veían muchas lunas, contó cinco, algunas más grandes que otras, casi no había nubes.

“Es hermoso, ¿No?” Jiggy contemplaba el lugar con familiaridad
“¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?” Preguntó estupefacta
“La tierra dónde siempre es de día, bienvenida a Kinópolis.”

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