I. Una niña bajo un cielo gris
Como todas las noches, Ekaterina se encontraba sentada en su cama. Con su cara enterrada en sus rodillas mientras sostenía sus piernas con sus brazos, estaba hecha una pequeña bolita que se mecía hacia delante y hacia atrás hasta perderse de la realidad. Cuando lograba sacar el frio mundo de su cabeza, se tendía de espaldas a lo largo de su cama y mantenía sus ojos cerrados, y su mente en ese hermoso lugar. Su expresión cambió drásticamente, en donde se encontraba una boca fruncida de tristeza, comenzaba a dibujarse una sonrisa.
Eran tiempos de guerra, que traían tiempos de cambio a la nación. El nuevo gobierno había prometido cambios y ciertamente los hubo. La defensa militar no fue impecable, pero ciertamente daba sus frutos, y las tácticas ofensivas parecían indetenibles. Esto fue hasta que alguien habló. Al parecer una familia damnificada intercambió información con el gobierno enemigo a cambio de protección. El maravilloso plan de ataque fue saboteado, y la familia huyó a salvo hacia un país del occidente. El archiduque estaba furioso.
Asi comenzó la era de la gran paranoia. Todos podían ser espías. Ancianos, mujeres, niños, cualquiera podría presentar una amenaza para la nación. No se sabe si fue para generar miedo o por acciones insurgentes, pero la gente empezó a desaparecer o, en algunos casos, a ser ejecutada en plena calle por la Fuerza Pacificadora.
Corrían los rumores de que todas las víctimas de la Fuerza eran personas que habían, de alguna manera, atentado contra el sistemático nuevo régimen impuesto por el archiduque. Había pasado ya un año desde que se declaró estado de sitio. Las escuelas cerraron, mucha gente perdió su trabajo y muchos hogares fueron tomados como Puntos de Control, donde residían los agentes de la Fuerza. Mucha gente se manifestó contra el gobierno para expresar su disconformismo con el nuevo régimen, la mayoría fue “pacificada”.
Al, principio, la Fuerza pacificaba a los insurgentes más evidentes, los manifestantes. A los pocos meses los manifestantes dejaron de existir. La Fuerza comenzó entonces a rastrear y pacificar a todo artista que desafiara al régimen con sus metáforas. Seis meses después de la imposición del régimen, se sentía la sensación de que la gente lo había aceptado sin problemas. No se escuchaba ningún tipo de expresión de disconformismo, exceptuando un eventual grito revolucionario de pequeños grupos que eran pacificados instantáneamente. No quedaba nadie en quién confiar, lo único que quedaba por hacer era aceptar el régimen en silencio, intentar vivir una vida normal sin despertar la ira del archiduque acompañada por las represalias de la Fuerza.
Todo esto viene acompañado de los bombardeos. En las noticias parecía que la nación estaba ganando la guerra, que los sucios occidentales estaban mordiendo el polvo ante la eficacia del gran ejército. Sin embargo, cada semana algún lugar de la ciudad era bombardeado por las fuerzas enemigas, lo que daba la impresión de que los aviones occidentales podían traspasar la “impenetrable defensa” de la nación sin mucha dificultad. Ekaterina presenció dos bombardeos, el primero fue en su escuela. En ese entonces ella no había cumplido los catorce años y su única preocupación eran los exámenes de fin de año. La primer explosión se escuchó a la distancia y despertó curiosidad, la segunda explosión fue más cercana y la idea de un bombardeo cruzó la mente de muchos, para la tercera explosión toda la escuela estaba en completo estado de pánico, los alumnos y profesores corrían sin una dirección aparente. La cuarta explosión voló un aula cercana a la de Ekaterina, los gritos se intensificaron mientras las bombas seguían cayendo, el fuego se apoderaba de la estructura y no mucha gente pudo salir del edificio en llamas. Ella pudo salir sin mayor daño que el causado por las constantes caidas y empujones de las otras personas que intentaban huir desesperadas. No se quedó para ver si sus amigas salían o no, solamente corrió y no se detuvo hasta llegar hasta su casa. Poco después se impuso el régimen y Ekaterina no volvió a la escuela.
El segundo bombardeo que ella presenció fue en el distrito comercial, pocos meses después del primer bombardeo. Paseaba con una de sus amigas y reian juntas, les había tomado tiempo volver a reir, después de haber perdido a tantos de sus amigos en el ataque a su escuela, pero parecían dispuestas a voltear la página y empezar a escribir en una en blanco. Vieron la lluvia de fuego a la distancia, que destruyó gran parte del distrito. Desde entonces Ekaterina no tuvo permitido abandonar su casa sola, y rara vez lo hacía acompañada.
Su padre escribía cuentos de fantasía, una saga de novelas cortas sobre un mercader de la edad media que termina convirtiéndose en caballero, pero dejó de escribirlas abruptamente. La Fuerza derribó la puerta de su casa una tarde, entraron seis grandes hombres armados e hicieron un desastre en la casa, rompieron adornos, tumbaron los muebles y metieron en una bolsa todos los libros, vinilos y pinturas de la casa. Uno de ellos golpeó al padre de Ekaterina con el reverso del arma y le rompió la nariz, “No más cuentitos,” dijo, “Tanta fantasía puede dar la idea de que eres un idealista, y a nadie le gusta eso.” Su padre efectivamente dejó de escribir sus novelas, pero consiguió un trabajo como redactor de un periódico local, obviamente dirigido por el gobierno.
Ya no había libros en su casa, no tenía permitido salir, su padre pasaba cada vez más tiempo en el trabajo. Lo primero que quizo hacer Ekaterina era dibujar, para poder hacer que el tiempo pase, pero su madre se lo prohibió al poco tiempo, “no quiero que la Fuerza te lastime a ti también”. Los pasatiempos de la chica pasaron a ser aprender a tejer, mirar por la ventana y discutir con su madre.
El día que cumplió 14 años, Ekaterina hizo una pequeña fiesta en su casa a la que asistieron varias de sus amigas y, por esa tarde, se sintió una niña feliz. Esa noche su padre llegó del trabajo con un regalo envuelto. Evidentemente se trataba de un libro. Arrancó su envoltorio con mucha emoción y leyó la tapa, “Juno, el obediente” el título le llamó la atención de tal manera que abrió el libro y fue pasando las páginas, leyendo pequeños fragmentos hasta llegar al final. Lo lanzó al suelo mientras gritó “¡Qué basura!”. Las sonrisas en las caras de sus padres cayeron tan fuerte como el libro y la miraban fijo buscando una explicación “¿Esto es lo que haces, papá? ¡Pura propaganda política!” Le dijo ella titubeante, sus ojos se humedecían. “Lo siento, querida, pero es lo único que puedo conseguir, el archiduque no quiere libros que fomenten el disconformismo en la gente.” Respondió su padre con tristeza. “¿Y a mí qué me importa el maldi--?” Al ver a donde iba esa frase, su padre le tapó la boca “No vuelvas a hacer eso” susurró él “Nos pones a todos en peligro” sus ojos habían acumulado suficientes lágrimas, ahora una de ellas caía por su mejilla mientras decía “¡Papá, por favor! ¡Escribe una de tus historias, solo para mí!”, la cara del hombre mezclaba tristeza con impotencia “Sabes que no puedo hacerlo.” Dijo lentamente. “¡Te vendiste!” Explotó ella “¡Con qué facilidad te rendiste! ¡Dejaste que se llevaran lo mejor de ti y encima trabajas para ellos! ¡Me avergüenzas!” Dijo Ekaterina mientras las lágrimas brotaban recorriendo sus mejillas y cayendo al suelo. “¡Todo lo que hago, lo hago por la seguridad de nuestra familia! ¡Desagradecida!” contestó él mientras su hija corría a su habitación y enterraba su cara en su almohada.
“¿Lloras porque realmente crees en todo lo que le dijiste a tu padre? ¿O es porque sabes que él tiene razón y te duele no poder hacer nada al respecto?” Dijo alguien muy cerca de ella, no pudo reconocer su voz, por eso levantó la vista para ver de quién se trataba.
Había un hombre sentado en la cama junto a ella, un hombre alto que parecía haber salido del siglo XIX, llevaba un bigote muy fino y el cabello corto bajo una galera, claramente vestía de luto. Por su apariencia y su manera de hablar, le recordó inevitablemente a un personaje de alguna obra de teatro de Oscar Wilde, su dramaturgo preferido. “¿Quién... quién eres?” Preguntó sorprendida.
“Mi nombre es Jigorio Wilhelm Flunkast, o Jiggy Flunkast si lo prefieres.” Respondió el extraño hombre
“Eso no me dice quién eres. ¿Eres de la Fuerza? Es por lo que grité, ¿no?” Preguntó Ekaterina con miedo.
“¡Claro que no soy de la Fuerza! Una vez pedí trabajo ahí y me dijeron que no iba a poder conservar el bigote. Les dije que lo consideraría y sigo haciéndolo. Es un bonito bigote ¿No lo crees?” Respondió con tono irónico, ella intentó sonreir, no sabía si hablaba en serio o estaba bromeando.
“Pero no entiendo, ¿Qué haces aquí?” preguntó, su miedo por el hombre se desvanecía rápidamente
“¿Qué hago aquí? ¿Cómo explicarlo? Bueno, soy una especie de guardián. Mi objetivo es protegerte.”
“¿Eres mi guardian?”
“Por cierto. Pero no te preocupes, no eres la primer niña que me toca proteger”
“Pero, ¿proteger de qué? ¿De la Fuerza? ¿Estoy en peligro? ¿y mi familia?” Ekaterina empezaba a impacientarse y su tono de voz se hacía más agudo con cada pregunta.
“Tranquilizate, no estás en peligro. Pero eso no significa que no necesitas protección. Además yo me presenté formalmente y aun no sé tu nombre.” Dijo Jiggy, manteniéndo la calma.
“¿Eres mi guardián y ni siquiera sabes mi nombre? Soy Ekaterina.”
“Es un placer Ekaterina.” Dijo él mientras se incorporaba y caminaba hacia la puerta, por donde entraba su padre.
“¿Estás bien, hija? Lamento lo que sucedió, debería haber sabido que no te interesaría un libro así.” Dijo él mientras caminaba hacia su hija, pasó por al lado de Jiggy como si este no existiera. Mientras su padre intentaba explicarle a Ekaterina los problemas actuales, Jiggy bailaba atrás de él y hacía muecas, obligando a la niña a suprimir la risa que eso le provocaba. Su padre, al ver que había recuperado la sonrisa, se fue sintiéndose realizado.
Notas:
Aunque la trama parezca algo clichè, estoy tratando de llegar a algo. No busquen a Ekaterina, Jiggy o el archiduque en el mundo real o en el mundo ficticio, porque ya lo estoy haciendo yo y los voy a encontrar antes que ustedes.
Está escrito en español neutro principalmente para dejar en claro que no se ambienta en la dictadura de Argentina.
Esta parte la escribí en una tarde, lo que no implica que piense escribir todos los días... aunque lo ideal sea que escriba algo por lo menos una vez a la semana, me conozco bien para saber que no voy a poder cumplir con eso.
Como todas las noches, Ekaterina se encontraba sentada en su cama. Con su cara enterrada en sus rodillas mientras sostenía sus piernas con sus brazos, estaba hecha una pequeña bolita que se mecía hacia delante y hacia atrás hasta perderse de la realidad. Cuando lograba sacar el frio mundo de su cabeza, se tendía de espaldas a lo largo de su cama y mantenía sus ojos cerrados, y su mente en ese hermoso lugar. Su expresión cambió drásticamente, en donde se encontraba una boca fruncida de tristeza, comenzaba a dibujarse una sonrisa.
Eran tiempos de guerra, que traían tiempos de cambio a la nación. El nuevo gobierno había prometido cambios y ciertamente los hubo. La defensa militar no fue impecable, pero ciertamente daba sus frutos, y las tácticas ofensivas parecían indetenibles. Esto fue hasta que alguien habló. Al parecer una familia damnificada intercambió información con el gobierno enemigo a cambio de protección. El maravilloso plan de ataque fue saboteado, y la familia huyó a salvo hacia un país del occidente. El archiduque estaba furioso.
Asi comenzó la era de la gran paranoia. Todos podían ser espías. Ancianos, mujeres, niños, cualquiera podría presentar una amenaza para la nación. No se sabe si fue para generar miedo o por acciones insurgentes, pero la gente empezó a desaparecer o, en algunos casos, a ser ejecutada en plena calle por la Fuerza Pacificadora.
Corrían los rumores de que todas las víctimas de la Fuerza eran personas que habían, de alguna manera, atentado contra el sistemático nuevo régimen impuesto por el archiduque. Había pasado ya un año desde que se declaró estado de sitio. Las escuelas cerraron, mucha gente perdió su trabajo y muchos hogares fueron tomados como Puntos de Control, donde residían los agentes de la Fuerza. Mucha gente se manifestó contra el gobierno para expresar su disconformismo con el nuevo régimen, la mayoría fue “pacificada”.
Al, principio, la Fuerza pacificaba a los insurgentes más evidentes, los manifestantes. A los pocos meses los manifestantes dejaron de existir. La Fuerza comenzó entonces a rastrear y pacificar a todo artista que desafiara al régimen con sus metáforas. Seis meses después de la imposición del régimen, se sentía la sensación de que la gente lo había aceptado sin problemas. No se escuchaba ningún tipo de expresión de disconformismo, exceptuando un eventual grito revolucionario de pequeños grupos que eran pacificados instantáneamente. No quedaba nadie en quién confiar, lo único que quedaba por hacer era aceptar el régimen en silencio, intentar vivir una vida normal sin despertar la ira del archiduque acompañada por las represalias de la Fuerza.
Todo esto viene acompañado de los bombardeos. En las noticias parecía que la nación estaba ganando la guerra, que los sucios occidentales estaban mordiendo el polvo ante la eficacia del gran ejército. Sin embargo, cada semana algún lugar de la ciudad era bombardeado por las fuerzas enemigas, lo que daba la impresión de que los aviones occidentales podían traspasar la “impenetrable defensa” de la nación sin mucha dificultad. Ekaterina presenció dos bombardeos, el primero fue en su escuela. En ese entonces ella no había cumplido los catorce años y su única preocupación eran los exámenes de fin de año. La primer explosión se escuchó a la distancia y despertó curiosidad, la segunda explosión fue más cercana y la idea de un bombardeo cruzó la mente de muchos, para la tercera explosión toda la escuela estaba en completo estado de pánico, los alumnos y profesores corrían sin una dirección aparente. La cuarta explosión voló un aula cercana a la de Ekaterina, los gritos se intensificaron mientras las bombas seguían cayendo, el fuego se apoderaba de la estructura y no mucha gente pudo salir del edificio en llamas. Ella pudo salir sin mayor daño que el causado por las constantes caidas y empujones de las otras personas que intentaban huir desesperadas. No se quedó para ver si sus amigas salían o no, solamente corrió y no se detuvo hasta llegar hasta su casa. Poco después se impuso el régimen y Ekaterina no volvió a la escuela.
El segundo bombardeo que ella presenció fue en el distrito comercial, pocos meses después del primer bombardeo. Paseaba con una de sus amigas y reian juntas, les había tomado tiempo volver a reir, después de haber perdido a tantos de sus amigos en el ataque a su escuela, pero parecían dispuestas a voltear la página y empezar a escribir en una en blanco. Vieron la lluvia de fuego a la distancia, que destruyó gran parte del distrito. Desde entonces Ekaterina no tuvo permitido abandonar su casa sola, y rara vez lo hacía acompañada.
Su padre escribía cuentos de fantasía, una saga de novelas cortas sobre un mercader de la edad media que termina convirtiéndose en caballero, pero dejó de escribirlas abruptamente. La Fuerza derribó la puerta de su casa una tarde, entraron seis grandes hombres armados e hicieron un desastre en la casa, rompieron adornos, tumbaron los muebles y metieron en una bolsa todos los libros, vinilos y pinturas de la casa. Uno de ellos golpeó al padre de Ekaterina con el reverso del arma y le rompió la nariz, “No más cuentitos,” dijo, “Tanta fantasía puede dar la idea de que eres un idealista, y a nadie le gusta eso.” Su padre efectivamente dejó de escribir sus novelas, pero consiguió un trabajo como redactor de un periódico local, obviamente dirigido por el gobierno.
Ya no había libros en su casa, no tenía permitido salir, su padre pasaba cada vez más tiempo en el trabajo. Lo primero que quizo hacer Ekaterina era dibujar, para poder hacer que el tiempo pase, pero su madre se lo prohibió al poco tiempo, “no quiero que la Fuerza te lastime a ti también”. Los pasatiempos de la chica pasaron a ser aprender a tejer, mirar por la ventana y discutir con su madre.
El día que cumplió 14 años, Ekaterina hizo una pequeña fiesta en su casa a la que asistieron varias de sus amigas y, por esa tarde, se sintió una niña feliz. Esa noche su padre llegó del trabajo con un regalo envuelto. Evidentemente se trataba de un libro. Arrancó su envoltorio con mucha emoción y leyó la tapa, “Juno, el obediente” el título le llamó la atención de tal manera que abrió el libro y fue pasando las páginas, leyendo pequeños fragmentos hasta llegar al final. Lo lanzó al suelo mientras gritó “¡Qué basura!”. Las sonrisas en las caras de sus padres cayeron tan fuerte como el libro y la miraban fijo buscando una explicación “¿Esto es lo que haces, papá? ¡Pura propaganda política!” Le dijo ella titubeante, sus ojos se humedecían. “Lo siento, querida, pero es lo único que puedo conseguir, el archiduque no quiere libros que fomenten el disconformismo en la gente.” Respondió su padre con tristeza. “¿Y a mí qué me importa el maldi--?” Al ver a donde iba esa frase, su padre le tapó la boca “No vuelvas a hacer eso” susurró él “Nos pones a todos en peligro” sus ojos habían acumulado suficientes lágrimas, ahora una de ellas caía por su mejilla mientras decía “¡Papá, por favor! ¡Escribe una de tus historias, solo para mí!”, la cara del hombre mezclaba tristeza con impotencia “Sabes que no puedo hacerlo.” Dijo lentamente. “¡Te vendiste!” Explotó ella “¡Con qué facilidad te rendiste! ¡Dejaste que se llevaran lo mejor de ti y encima trabajas para ellos! ¡Me avergüenzas!” Dijo Ekaterina mientras las lágrimas brotaban recorriendo sus mejillas y cayendo al suelo. “¡Todo lo que hago, lo hago por la seguridad de nuestra familia! ¡Desagradecida!” contestó él mientras su hija corría a su habitación y enterraba su cara en su almohada.
“¿Lloras porque realmente crees en todo lo que le dijiste a tu padre? ¿O es porque sabes que él tiene razón y te duele no poder hacer nada al respecto?” Dijo alguien muy cerca de ella, no pudo reconocer su voz, por eso levantó la vista para ver de quién se trataba.
Había un hombre sentado en la cama junto a ella, un hombre alto que parecía haber salido del siglo XIX, llevaba un bigote muy fino y el cabello corto bajo una galera, claramente vestía de luto. Por su apariencia y su manera de hablar, le recordó inevitablemente a un personaje de alguna obra de teatro de Oscar Wilde, su dramaturgo preferido. “¿Quién... quién eres?” Preguntó sorprendida.
“Mi nombre es Jigorio Wilhelm Flunkast, o Jiggy Flunkast si lo prefieres.” Respondió el extraño hombre
“Eso no me dice quién eres. ¿Eres de la Fuerza? Es por lo que grité, ¿no?” Preguntó Ekaterina con miedo.
“¡Claro que no soy de la Fuerza! Una vez pedí trabajo ahí y me dijeron que no iba a poder conservar el bigote. Les dije que lo consideraría y sigo haciéndolo. Es un bonito bigote ¿No lo crees?” Respondió con tono irónico, ella intentó sonreir, no sabía si hablaba en serio o estaba bromeando.
“Pero no entiendo, ¿Qué haces aquí?” preguntó, su miedo por el hombre se desvanecía rápidamente
“¿Qué hago aquí? ¿Cómo explicarlo? Bueno, soy una especie de guardián. Mi objetivo es protegerte.”
“¿Eres mi guardian?”
“Por cierto. Pero no te preocupes, no eres la primer niña que me toca proteger”
“Pero, ¿proteger de qué? ¿De la Fuerza? ¿Estoy en peligro? ¿y mi familia?” Ekaterina empezaba a impacientarse y su tono de voz se hacía más agudo con cada pregunta.
“Tranquilizate, no estás en peligro. Pero eso no significa que no necesitas protección. Además yo me presenté formalmente y aun no sé tu nombre.” Dijo Jiggy, manteniéndo la calma.
“¿Eres mi guardián y ni siquiera sabes mi nombre? Soy Ekaterina.”
“Es un placer Ekaterina.” Dijo él mientras se incorporaba y caminaba hacia la puerta, por donde entraba su padre.
“¿Estás bien, hija? Lamento lo que sucedió, debería haber sabido que no te interesaría un libro así.” Dijo él mientras caminaba hacia su hija, pasó por al lado de Jiggy como si este no existiera. Mientras su padre intentaba explicarle a Ekaterina los problemas actuales, Jiggy bailaba atrás de él y hacía muecas, obligando a la niña a suprimir la risa que eso le provocaba. Su padre, al ver que había recuperado la sonrisa, se fue sintiéndose realizado.
Notas:Aunque la trama parezca algo clichè, estoy tratando de llegar a algo. No busquen a Ekaterina, Jiggy o el archiduque en el mundo real o en el mundo ficticio, porque ya lo estoy haciendo yo y los voy a encontrar antes que ustedes.
Está escrito en español neutro principalmente para dejar en claro que no se ambienta en la dictadura de Argentina.
Esta parte la escribí en una tarde, lo que no implica que piense escribir todos los días... aunque lo ideal sea que escriba algo por lo menos una vez a la semana, me conozco bien para saber que no voy a poder cumplir con eso.
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