Primero se me cayó la nariz.
Apenas salí, vino una ráfaga y se la llevó antes de darme una chance de respirar hondo. Pero bueno, no le di importancia. Seguí. El sol estaba brillando y era como en las películas. La gente caminaba rápidamente, se cruzaban pero no se saludaban. Como en las películas más nuevas, todos parecían ocupados, nadie paseaba. Nadie se detenía a escuchar cómo cantaban los pájaros o a ver los movimientos de las nubes.
Ahí vino una brisa y se llevó mis brazos.
Mala suerte, porque no había llegado a tocar el algodón de azucar. En las películas decían que era como tocar una nube. Las personas andaban con sus teléfonos y sus comunicadores y sus aparatos. A nadie parecía llamarle la atención que junto a ellos pasara un hombre sin nariz y cuyas mangas estaban vacías, porque sus brazos estaban en el suelo, cien metros atrás.
Otra brisa se llevó mi boca.
No llegué a oler, probar ni tocar, pero aun podía ver y oir. Los autos pasaban volando, venían en diferentes colores, brillantes y lujosos, cada uno con una canción diferente en su interior, que yo no llegaba a reconocer antes de escuchar la siguiente. No vi a otros como yo. No les permitirían salir.
Vino otra ráfaga, esta vez se llevó mis oidos.
Me costaba caminar, salían chispas de mi cuerpo. Ahora la gente si me veía, me miraban con lástima mientras me esforzaba para seguir andando. Atrás de una vitrina había un gran televisor. Ví suficiente televisión cuando estaba adentro, sin embargo me llamó la atención la noticia del día.
"La tormenta alcalina, producto de la explosión de la fábrica Tagomi, aun mantiene su densidad. Aunque esta no es dañina para las personas, es altamente peligrosa para maquinaria y androides, cuya exposición al viento debe ser evitada..."
Después de eso, empezó a levantarse el viento. Sentía que mis interiores se quemaban. Poco a poco dejaba de funcionar. Cai al suelo. Miré al cielo una última vez antes de que los ojos me estallaran. No me arrepiento.